Casi setenta años después de su aparición original como historieta, la serie El Eternatuta alcanzó un reconocimiento masivo en casi todo el mundo, volviéndose un fenómeno cultural contemporáneo, además de un récord de audiencias. Aunque lo segundo pueda explicarse con un mix de razones técnicas, comerciales, etc., lo primero se puede comprender en la precisión con que los sentidos que esta producción propone, expresan o sintetizan elementos de nuestra realidad contemporánea. Como la propia deriva temporal de Juan Salvo, su narrativa atravesó más de seis décadas para reaparecer ahora plasmando significaciones profundas de este tiempo, de la memoria y la historia reciente, de los cambios epocales, de las nuevas subjetividades y de nuestros desafíos colectivos. En este artículo, nuestra compañera Jaschele Burijovich busca preguntarnos, a partir de la lectura de algunas de las frases enunciadas en la serie y que circularon más allá de la pantalla, si en el campo de la salud mental “lo viejo funciona”, “tenemos que estar activos. no podemos quedar atrapados por la tristeza”, “todos necesitamos confiar en alguien”, o «ahora no es tiempo de odiar, es tiempo de luchar», entre otras. Todas frases que son símbolos poderosos y, quizás, mensajes orientadores para el accionar en nuestro campo.
Por Jaschele Burijovich
Ilustraciones: Paco Ferreyra (arte.bestiario)

Con el inicio de la democracia, luego del período más oscuro de la historia del país. y dentro de las políticas de ampliación de la participación, la Dirección de Salud Mental de la provincia de Córdoba recientemente creada, abrió equipos de atención comunitaria en salud mental en los barrios de la capital cordobesa. Los primeros que se implementaron fueron en Villa El Libertador y Maldonado. En ese momento, postdictadura, teníamos algunos acuerdos básicos para el trabajo: la reconstrucción del tejido social, la recuperación de la memoria histórica, la desinstitucionalización, el trabajo en los espacios territoriales y la concepción de la salud mental como la capacidad para transformar la realidad.
Casi 30 años después, en el 2010, con muchas experiencias, avances y retrocesos, se sanciona la ley de salud mental en el marco de los derechos humanos, con el objetivo de la protección de la vida de las personas con sufrimiento psíquico y la reforma de la atención a través de un modelo de abordaje comunitario.
Estamos en una coyuntura política y social muy diferente al período en que se sancionó la ley. Los acuerdos y consensos construidos en el campo de la salud mental están sufriendo en la actualidad una acometida vehemente. La pandemia, sus efectos y sus tendencias son una referencia insoslayable porque puso al descubierto y reforzó históricas dificultades estructurales del sistema de salud: hospitalocentrismo, hegemonía biomédica, perspectiva reduccionista, escasa integración intersectorial y fragmentación. El foco puesto en los niveles de atención de mayor complejidad es un sesgo habitual del sector salud. Mucho más en la asistencia a patologías como Covid-19 que reforzaron el paradigma médico/biologicista por su carácter «infeccioso».
Se profundizó una crisis de salud mental preexistente, evidenciando el vaciamiento de las políticas públicas de salud, el avance de la industria farmacéutica, la explosión de terapias alternativas y la precariedad del sistema sanitario. La realidad socio-sanitaria nos presenta nuevos problemas y la profundización de otros.
Con el retorno de la democracia, la salud mental comunitaria apostó por la reconstrucción del tejido social, los territorios, la memoria histórica, la desinstitucionalización y la concepción de la salud mental como la capacidad para transformar la realidad. Esa visión se plasmó décadas después en la Ley de Salud Mental. Hoy estos consensos sufren una acometida vehemente.
Para analizar lo descripto en los párrafos anteriores voy a utilizar como metáfora la serie El Eternauta. En las últimas semanas, El Eternauta, la historia creada por Héctor Germán Oesterheld, pasó a tener un reconocimiento masivo nunca imaginado hasta hace poco tiempo. Según la encuesta de Zuban-Córdoba, más de la mitad de la población ya la ha visto. Algunas de sus frases son símbolos poderosos. Con esta presentación pretendo poner en discusión si en el campo de la salud mental, tal como se afirma en algunas manifestaciones icónicas de la serie del Eternauta, “lo viejo funciona”, “tenemos que estar activos. no podemos quedar atrapados por la tristeza”, “todos necesitamos confiar en alguien”, «ahora no es tiempo de odiar, es tiempo de luchar», entre otras, pueden ser mensajes orientadores para el accionar en nuestro campo.
“Lo viejo funciona” (El Eternauta)
Los primeros años democráticos estuvieron muy influenciados por las experiencias de desmanicomialización europeas, especialmente la italiana. A mediados de los años 80 se comienzan a implementar políticas participativas en salud mental con la conformación de equipos interdisciplinarios asentados en las comunidades y, a la vez, se pretenden sentar las bases para desmontar los hospitales psiquiátricos. En Córdoba, la consigna “un hospital abierto y movilizado” impregnó la formación y las prácticas de estudiantes y trabajadores/as de salud mental de esa época. El esfuerzo estuvo puesto en intervenir sobre las condiciones concretas de existencia de los sujetos, grupos e instituciones que “interactúan en una vida cotidiana históricamente determinada”.
Los equipos comunitarios se abocaron a trabajar en la reconstrucción del tejido social, promoviendo la cohesión comunitaria y la participación. Se trabajó en proyectos sociales promovidos en espacios como escuelas, gobiernos locales, iglesias, centros vecinales. Limpieza de lugares públicos, actividades culturales, y deportivas, talleres de artes plásticas y actividades escolares, fueron una enorme cantidad de acciones que buscaron mejorar el entorno, y alcanzar el bienestar colectivo. La consigna fue “estar allí donde los vínculos suceden”.
En los 80s la consigna “un hospital abierto y movilizado” buscaba intervenir sobre las condiciones concretas de existencia de los sujetos, grupos e instituciones, la reconstrucción del tejido social, los vínculos y el bienestar colectivo. Rescatar estas experiencias nos puede ayudar a enfrentar los desafíos del presente.
Proponemos rescatar estas experiencias, pero no con la idea de la construcción de una utopía regresiva, sino que, por el contrario, entendemos que algunos de estos conceptos nos permiten encontrar semejanzas estructurales para aprovechar los aprendizajes del pasado y enfrentar los desafíos del presente. «La memoria existe para actuar”.
Cambios epocales y nuevas subjetividades
“La brújula anda bien, lo que se rompió es el mundo” (El Eternauta)

El relato de las acciones llevadas adelante en esa etapa resuena en la actualidad. Sin embargo, estamos atravesando un cambio de época. Estas transformaciones modelan nuevas subjetividades que generan también nuevos padecimientos y malestares.
Los cambios de época son diversos y múltiples:
- En el Estado y en la política: fin del Estado de Bienestar, impugnación y desprecio por el sector público, retroceso de la democracia y erosión del vínculo entre el Estado y la sociedad. Deriva autoritaria
- En el trabajo: precarización e informalidad, trabajadores/as de plataforma, pluriempleo y jornadas extendidas
- Con las nuevas tecnologías, cuarta revolución industrial, inteligencia artificial, big data, digitalización de la vida
- La crisis ambiental, cambio climático, existencia de “zonas de sacrificio”, ecocidio
- El incremento exponencial de la desigualdad y crisis de la cultura igualitaria
- La pandemia y su estado de excepción: fue un hecho social total, un acontecimiento disruptivo, que generó una ruptura en nuestra vida cotidiana y una incertidumbre radical con relación al futuro.
- Giro conservador que pone en duda los derechos sociales
Una lista imponente y no exhaustiva que describe nuestros tiempos. La pandemia develó y aceleró estos cambios, evidenció inequidades sociales y los déficit de capacidades en los sistemas sanitarios.
“Muy pronto esto será como la jungla, todos contra todos” (El Eternauta)
Los cambios de época modelan nuevas subjetividades. Estos cambios producen procesos de descolectivización, aislamiento y fragmentación. Vivimos en un momento marcado por la precariedad, la soledad y la exigencia de rendimiento, con individuos que se perciben autosuficientes y capaces de sobrevivir en el mercado. Es una cultura centrada en el desempeño y los logros individuales. Con vínculos competitivos y organizados en torno a la optimización del yo. La digitalización de la vida y la masificación del uso de redes sociales hace que los sujetos creen una identidad on-line. El ser humano se convierte en capital humano, orientado a invertir en sí mismo. La medicalización de la vida se ha convertido en una estrategia para sostener el ritmo de las exigencias cotidianas.
Según Yanis Varoufakis: “el individualismo posesivo siempre ha sido perjudicial para la salud mental. El tecnofeudalismo empeoró infinitamente la situación cuando derribó el cerco que proporcionaba al individuo liberal un refugio frente al mercado. El capital en la nube ha descompuesto al individuo en fragmentos de datos, una identidad compuesta por elecciones expresadas por clics que sus algoritmos son capaces de manipular. Ha producido individuos que más que ser posesivos están poseídos, personas incapaces de ser dueñas de sí mismas. Al apropiarse de nuestra atención, ha disminuido nuestra capacidad de concentración. No hemos perdido la voluntad. No, nos han robado la concentración. Y como se sabe que los algoritmos del tecnofeudalismo refuerzan el patriarcado, los estereotipos y las opresiones pre-existentes, los más vulnerables, las niñas, los enfermos mentales, los marginados y también los pobres, son quienes más sufren las consecuencias”.
Estas nuevas subjetividades desafían a los trabajadores/as de salud mental y al campo en su conjunto. Reclaman el desarrollo de nuevas formas de pensar y dar respuestas. Las viejas experiencias pueden ser una fuente de conocimiento si se las revisa y contextualiza. «Vivimos en una sociedad que ha colonizado nuestro deseo. Hoy no solo trabajamos para sobrevivir, sino para tener éxito, para no quedarnos atrás. Pero en el camino, perdemos el tiempo necesario para desear de verdad. Todo se convierte en urgencia, consumo y productividad. El deseo es gestionado por las redes sociales, los algoritmos y el mercado. ¿Qué lugar queda para el placer sin propósito, la contemplación, el arte, la amistad profunda?» — Amador Fernández Savater.
Los condicionantes estructurales de la salud mental
“Tenemos que estar activos. no podemos quedar atrapados por la tristeza” (El Eternauta)
La definición de salud mental que propone la LNSM condensa, en unos pocos renglones, una serie de principios que luego se desarrollan a lo largo de todo el texto de esa normativa. Se la define como un “proceso determinado por componentes históricos, socio-económicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona” (Ley 26.657, art. 3). Al concebir a la salud mental como un proceso, la LNSM avanza respecto de concepciones de corte biologicista y estático, que definían a las “enfermedades mentales” como un estado y que trazaban barreras estáticas entre locura-cordura, salud-enfermedad, normalidad-anormalidad. Por el contrario, el hecho de enfatizar en el carácter procesual de la salud ligado a la noción de determinación social, permite poner al padecimiento en vinculación con las condiciones sociales en que se genera (Augsburger, 2002; Yoma, 2018) y postular al respeto irrestricto de los derechos humanos como condición estructural para abordar el concepto mismo de salud mental (CELS, 2015). A partir de esta definición, todos/as seríamos usuarios/as -actuales o potenciales- de los servicios de salud mental.
Por lo anterior, podemos afirmar que la salud mental no puede disociarse del contexto que actúa como condicionante del padecimiento. El sufrimiento psíquico está imbricado con el sufrimiento social. La psicologización y patologización individualizan los recursos anímicos para afrontar las crisis, dejando en la responsabilidad personal los medios terapéuticos o farmacológicos para tratar un malestar que es tanto íntimo como colectivo. Esto culpabiliza y estigmatiza a los individuos, sin cuestionar las causas que determinan el padecimiento.
La definición de salud mental como proceso desdibuja las barreras trazadas sobre las categorías clásicas de salud/enfermedad, cordura/locura, normalidad/anormalidad y vincula al padecimiento con las condiciones sociales en que se genera. El sufrimiento psíquico está imbricado con el sufrimiento social. El padecimiento es tanto íntimo como colectivo.
Los condicionantes estructurales, según Eduardo L. Menéndez, son estructuras que orientan de manera dominante y hegemónica, directa o mediante mediaciones, el curso de los procesos y actores sociales. A diferencia del concepto de «determinantes sociales», los condicionantes estructurales no implican una determinación inexorable, sino que apelan a lo posible y a la historicidad de los procesos y actores sociales. Este enfoque reconoce que las acciones de los sujetos y grupos pueden modificar o eliminar las consecuencias negativas generadas por los condicionantes, subrayando la importancia de la interacción entre estructura y agencia. La diferencia principal entre «condicionantes» y «determinantes», radica en el grado de influencia y la posibilidad de cambio:
- Determinantes: Connotan algo generado y realizado de forma definitiva, lo que implica una influencia inexorable y fija. Este término tiende a excluir la posibilidad de que lo determinado no opere o lo haga de manera parcial o secundaria. Además, minimiza o excluye la capacidad de los sujetos y grupos sociales para modificar las consecuencias negativas de lo determinado.
- Condicionantes: Apelan a lo que condiciona, es decir, a lo posible, y no a lo inexorable. Reconocen la historicidad de los procesos y actores sociales, permitiendo considerar que las acciones de los sujetos pueden alterar o eliminar las consecuencias negativas generadas por las estructuras. Este término enfatiza la interacción entre estructura y agencia, evitando una visión rígida y determinista.
El uso del concepto «condicionantes estructurales» permite un enfoque más flexible y dinámico, considerando tanto las posibilidades de cambio como la influencia de los actores sociales.
Algunos de los condicionantes estructurales de los procesos de salud, enfermedad, atención y prevención son: Condicionantes económico-políticos: La pobreza y la desigualdad social, la brutal concentración económica y las inequidades sociales que afectan la salud y las tasas de mortalidad. Condicionantes culturales: las cosmovisiones y prácticas culturales que influyen en la percepción y manejo de la salud y la enfermedad, como los determinantes religiosos en los saberes de los actores sociales. Condicionantes biológicos: la influencia de factores biológicos en la salud, como el enfoque biomédico que considera lo biológico como la causa principal de las enfermedades. Estos procesos reflejan cómo los condicionantes estructurales (económicos, políticos, culturales, biológicos y sociales) afectan de manera directa o indirecta la salud y el bienestar de los individuos y comunidades. La crisis de salud mental está ligada a las condiciones de vida, la reproducción social (vivienda, alimentación, educación, etc.), los cuidados y los sistemas sanitarios de atención. También está vinculada a la producción de subjetividad, donde los mandatos de felicidad, competitividad, éxito, rendimiento y productivismo generan síntomas en los cuerpos.
A diferencia del concepto de «determinantes sociales», los condicionantes estructurales no implican una determinación inexorable, apelan a lo posible y a la historicidad de los procesos y actores sociales. Este enfoque (…) permite un enfoque más flexible y dinámico, considerando tanto las posibilidades de cambio como la influencia de los actores sociales…

La desigual distribución del malestar
«Ahora no es tiempo de odiar, es tiempo de luchar» (El Eternauta)
Los condicionantes estructurales no impactan de igual manera en todos y todas. El malestar se distribuye de muy desigual manera. Está asociado a la pobreza, a las condiciones de vida, al individualismo y a la fragilización de los lazos sociales.
- Mujeres: Mayor malestar, agotamiento, carga mental, angustia, ataques de pánico. Feminización de la pobreza, desigual distribución del uso del tiempo, crisis de los cuidados.
- Jóvenes: Privación social, ansiedad, depresión, problemas de atención y trastornos del sueño.
La psicologización y patologización individualizan los recursos anímicos para afrontar las crisis, dejando en la responsabilidad personal los medios terapéuticos o farmacológicos para tratar un malestar que es tanto íntimo como colectivo. Esto culpabiliza y estigmatiza a los individuos, sin cuestionar las causas que determinan el padecimiento. A su vez, también podemos identificar factores desencadenantes de mala salud mental: incertidumbre, estrés económico, erosión de las redes de apoyo social y agotamiento.
El malestar psicosocial impacta con más fuerza sobre quienes habitan condiciones de mayor vulnerabilidad económica y social. La feminización del malestar se manifiesta en una carga desproporcionada de cuidados, agotamiento emocional y precariedad del tiempo propio. En la juventud, se expresa como ansiedad, trastornos del sueño y dificultades de atención, ligadas a la privación social y la incertidumbre. Responsabilizar a los individuos por su malestar sin considerar las condiciones sociales no solo es injusto, también es clínicamente insuficiente.

La instrumentalización del malestar
Diversos autores han estudiado cómo las emociones pueden ser instrumentalizadas para recodificar un malestar social que puede ser verdadero. Este proceso implica aprovechar traumas y experiencias sociales para orientar acciones que pueden llegar a ser muy destructivas. El miedo y el resentimiento se utilizan para generar antagonismo entre grupos sociales, alienar a las instituciones democráticas y justificar políticas regresivas. En conjunto, estas emociones son utilizadas para dividir a la sociedad, enfrentar grupos entre sí y debilitar las instituciones democráticas, mientras se preserva la apariencia de defender la democracia. La aceptación de algunas emociones políticas distorsionan el campo de percepción hasta límites en ocasiones insospechados, enfrentan grupos contra grupos; están orientadas a dividir a los ciudadanos. Se instrumenta el malestar contra uno mismo (implosión) y en muchos casos también contra los/as que quieren transformar las cosas (feminismos, progresismos). Se crean espacios imaginarios que son impermeables a las evidencias. Las emociones saturan la conversación social y “distorsionan” los hechos.
Las emociones sociales pueden ser canalizadas con fines regresivos: utilizar el miedo y el resentimiento para debilitar vínculos, desacreditar instituciones y promover antagonismos; enfrentando sectores, distorsionando percepciones y aislando a quienes intentan transformar. Se construyen imaginarios donde las emociones no solo opacan los hechos, sino que también distorsionan la posibilidad misma de diálogo. La saturación afectiva en el discurso público genera un terreno fértil para la polarización y la desconfianza en lo común.
La salud mental colectiva
La salud mental colectiva incorpora desarrollos de la salud mental comunitaria e integra también otras visiones. Su énfasis está puesto en la determinación social del sufrimiento. Se posiciona críticamente cuestionando la patologización del sufrimiento y promueve formas no medicalizadas de abordaje. Integra el diálogo con los saberes populares y acciones transformadoras desde los movimientos sociales. Su sujeto de intervención es el colectivo social que va más allá del trabajo en comunidad o en los territorios.
Frente a los abordajes psiquiatrizados de los problemas sociales, que reducen las emociones negativas a diagnósticos médicos y etiquetas psicológicas, se propone otro modelo de abordaje de la salud mental. En la ley de salud mental está sintetizado en uno de sus artículos: «Se orientará al reforzamiento, restitución y promoción de los lazos sociales.»
En el contexto del post-aislamiento por COVID-19, la reestructuración de las redes de apoyo social ha sido clave para los cambios en los estados afectivo-emocionales y la capacidad de los individuos para responder a las demandas cotidianas. Este enfoque relacional es esencial para estudiar los procesos de salud, enfermedad, atención y prevención, ya que estos no pueden entenderse sin considerar las relaciones sociales en las que se desarrollan. Las intervenciones deben incluir a todos los actores involucrados.
Para reafirmar lo anterior, recupero un texto de Irene Vallejo sintetizando las ideas de la Premio Nobel Elinor Ostrom: “La investigadora Elinor Ostrom rebatió desde la economía la tesis de la contribución nula, o los juegos de “suma cero” según la cual los seres humanos no están dispuestos a cooperar, ni siquiera cuando la cooperación sería mutuamente beneficiosa, salvo que sean obligados por normas externas. Los partidarios de esta idea afirman que ninguna persona contribuiría al bien común sin coerción. Sin embargo, Ostrom reunió evidencias de que personas en todas las esferas y en todas partes del mundo se organizan para defenderse mutuamente ante los riesgos y proteger los recursos naturales. En toda sociedad hay individuos más deseosos que otros de trabajar en reciprocidad, pero cuando los cooperadores se reconocen tejen redes eficaces y resistentes”.
Las sociedades actuales se caracterizan por la desaparición, erosión o transformación de las relaciones y rituales sociales tradicionales, lo que algunos autores, como Zygmunt Bauman, describen como relaciones «líquidas». Estas relaciones se distinguen por su debilidad, flexibilidad, fragilidad, inconsistencia, provisionalidad y falta de compromiso en comparación con las relaciones sociales más sólidas del pasado. Sin embargo, aunque ciertos rituales y relaciones han desaparecido, se están creando nuevas formas de relaciones y rituales sociales que no necesariamente son débiles o líquidas, sino diferentes. (Menéndez)
Si bien la salud mental ha ganado en desestigmatización en los últimos tiempos, en general, las respuestas siguen estando orientadas por una perspectiva biomédica, especialmente ha aumentado la prescripción de medicación psiquiátrica que construye una “subjetividad farmacéutica”. El consumo de ansiolíticos y antidepresivos está correlacionado con condiciones socioeconómicas desfavorables. La farmacologización lleva a una comprensión biomédica del sujeto, que busca mejorar su bienestar a través de la medicación. La intervención biomédica produce nuevas ideas sobre lo que las personas son y pueden llegar a ser. La medicación se percibe como un medio para «sobrevivir» en lugar de curar. Así, los/as usuarios/as tienden a atribuir su malestar a fallas personales, a pesar de reconocer factores sociales que contribuyen a su sufrimiento. Esta percepción refuerza su rol como enfermos.
La salud mental colectiva asume el sufrimiento como un fenómeno socialmente determinado, que no puede reducirse a etiquetas diagnósticas, ni sus respuestas al consumo de psicofármacos. La medicación se percibe con un medio para «sobrevivir» en lugar de curar. Frente a una narrativa de la angustia centrada en el déficit individual, se propone un enfoque que recupere el lazo social como vía de cuidado y sentido. Recuperar la dimensión colectiva del cuidado implica reconocer los saberes populares, las redes solidarias y las prácticas comunitarias como fuentes legítimas de salud.
¿Cuál es la tarea desde la salud mental colectiva? Nada nuevo, todo nuevo
La salud mental no puede ser considerada un logro individual. Es una responsabilidad social. un tejido colectivo, una práctica cultural, un proyecto político y humano.
“¿Por qué esperar todo de afuera? ¿acaso no podemos socorrernos a nosotros mismos?” (El Eternauta)
- Identificar los determinantes sociales de la salud «positivos» en las comunidades, que debe ser parte integral de las políticas de salud a partir de reconocer la autonomía, por lo menos relativa, de los saberes de autoatención (Menendez).
- El modelo de atención vigente prevé que cuanto mayor sea la gravedad de la problemática, el tratamiento debe ser brindado en servicios del tercer nivel de atención de alta complejidad biomédica. Sin embargo, los abordajes de salud mental en el primer nivel de atención y en el ámbito comunitario – en el que se aprehende la complejidad social – resultan más efectivos e incrementan la capacidad resolutiva de los sistemas y servicios de salud (OPS/OMS, 2014). El primer nivel de atención, puerta de entrada al sistema de salud, integra el ámbito social donde las personas habitan, constituyéndose de esta manera en la base de la red de cuidados en salud (OPS/OMS, 1978), lo que permite que las intervenciones se implementen en la complejidad de la vida de las comunidades, con abordajes integrales, ampliando el horizonte de posibilidades y en el marco de la garantía de derechos.
- Crear espacios clínicos de lo común, acompañar, generar vínculos para sostener sujetos desamparados. El «no estás solo» y la importancia de estar, acoger, trabajar en lo cotidiano. No en cualquier espacio comunitario, acogiendo la singularidad.
- Crear espacios de intervención para la “Clínica de la dignidad” (Fleury). Es decir, una intervención inserta en el contexto social, cultural y económico que “desprivatice” el malestar y aborde las causas estructurales. Así como el abordaje de lo “inaudito». El malestar se interpreta como una dolencia médica, descontextualizando su origen. La figura del enfermo se refuerza, limitando la comprensión de la angustia a un déficit personal. La narrativa de los pacientes se centra en la autooptimización y la responsabilidad individual, en lugar de abordar causas estructurales.
- Seguir promoviendo un modelo comunitario de salud mental basado en la restitución de los lazos sociales.
- Incluir en la formulación y en la implementación de las acciones a los actores sociales subalternizados: aunque se reconoce el papel estructural de los actores sociales subalternizados, en la práctica suelen ser tratados como determinados y no como determinadores. Esto minimiza su capacidad de acción y agencia en los procesos sociales.
- Las acciones humanas nunca tienen una sola causa. Cuerpo, trayectorias, género, clase, hormonas… No podemos intervenir y transformar si no entendemos esa complejidad. “Tenemos que comprender, aún más aquello que no podemos compartir”.
¿Cuál es la metáfora principal? El Eternauta es una obra clave del acervo cultural nacional que nos recuerda que hay prácticas que en su aparente pequeñez contienen toda la grandeza del mundo.
